-¡Pero qué cara de bobo que tienes!- Le decía Joaquinín, sentado en la pontona que cruzaba la presa de las Linares, a un maragato que tenía entre las manos.
Cada quince días la tía Olalla la de Juanones amasaba y Joaquinín, que estaba al quite, aparecía entonces por su casa. Mientras ella mezclaba los ingredientes en la masera, daba forma a las hogazas y las cocía en aquel gran horno de barro que a Joaquinín se le antojaba lo más parecido a la barriga de la ballena que se zampó a Jonás, el crío hacía lo que él llamaba ayudar. Tiraba la harina por el suelo, se embadurnaba hasta las orejas y daba patadas al gato por debajo de aquella mesa gigante donde aguardaban, inmensas, las hogazas esperando entrar al horno. Y la tía Olalla, que era más buena que el pan, a cambio de aquella ayuda inestimable, le hacía un maragato.
Para el rapaz el maragato no era más que un trozo de pan con la forma de un paisano que no le duraba sin comer ni el camino de llegar a casa. Pero esta vez el Jonás salió de las tripas del cetáceo no sólo con la figura humana de costumbre, sino que, además, llevaba en medio de la cara dos negrísimos granos de café que a ojos de Joaquinín le daban una dudosa expresión de vida. Cuanto más miraba aquellas semillas mates más le llamaba la atención la expresión idiotizada del maragato.
-¡Pero qué cara de bobo que tienes!- le espetó. Y le arrancó un brazo.
Un extraño placer le recorrió la espalda. El agua corría bajo sus pies y el sol ya le picaba en la cabeza con la fuerza de las tardes de verano. Mientras masticaba, trataba de alimentar su juego en vano buscando signos de dolor o angustia en la inexpresiva cara del muñeco de pan.
-Jódete, cara de bobo- insistía con la boca llena. – Seguro que todos los maragatos tenéis esa cara de bobos...
Miraba al muñequín, lo agarraba por las piernas y lo dejaba colgando sobre el agua. Miraba su reflejo allá en el fondo por debajo del suyo propio y se imaginaba la angustia de alguien en aquellas circunstancias. Pero nada. Ni una señal de sufrimiento. Sin dolor el juego perdía su gracia. Era más divertido mortificar a los pardales en los nidos, atar matojos prendidos a los rabos de los perros o destripar a las lagartijas.
Y aquello ni siquiera se movía.
Y el sol no dejaba de apretar. Y los destellos en la corriente se convirtieron en una tormenta de estrellas que bailaban en un cielo soleado por el que volaba una figura de pan con forma humana que él sujetaba entre sus dedos. Joaquinín sentía mucho calor en la cabeza y que sus músculos se aflojaban y, de pronto, cuando sus ojos empezaban a enturbiarse, ¡flop! el muchacho despertó de golpe porque en un doble salto mortal digno de un trapecista, el maragato se zafó de sus dedos para ir a dar a la rápida corriente de la presa.
El muñeco se hundió un segundo y salió de un salto a la superficie para huir velozmente con la corriente. La cabeza flotaba, el único brazo que le quedaba salía del agua como despidiéndose y aquellos ojos de café mojados reflejaban la luz del sol con una expresión que a Joaquinín se le antojó una burla desafiante.
Y allí sentado, con la boca abierta y sin poder moverse, lo veía alejarse con esa cara de bobo con la que sólo los maragatos saben mirar.








